Read Ebook: The Babes in the Basket; or Daph and Her Charge by Baker Sarah S Sarah Schoonmaker
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Ebook has 258 lines and 11407 words, and 6 pages
--Trabaja usted demasiado, D. Dionisio--dijo con gesto de aburrimiento Mario.
--No hay m?s remedio--murmur? modestamente el caballero.--Para conseguir una plaza en la rep?blica de las letras, es necesario trabajar mucho.
Era D. Dionisio Oliveros un antiguo empleado del ministerio de Ultramar, jefe del negociado donde serv?a Mario, que ya muy tarde, cuando pasaba de los cuarenta, se sinti? irresistiblemente llamado a conquistar la gloria de la literatura. Y comprendiendo, con admirable instinto, que hab?a perdido mucho tiempo, quiso compensar a las musas de su largo alejamiento por medio de una constancia y una adhesi?n ilimitadas. Todo el tiempo que le dejaban libre los expedientes le parec?a escaso para cortejarlas. Dramas, comedias, poemas grandes y chicos, novelas, cuantos g?neros comprende la bella literatura, sal?an en atropellada procesi?n de su pluma. Viv?a en una verdadera fiebre de producci?n. Hab?a publicado dos o tres cositas, en cuya impresi?n agot? sus cortos ahorros. Ahora se dedicaba a buscar editor o empresario, pero sin abandonar por eso su labor incesante. Esperaban, guardadas en legajos y admirablemente copiadas en letra inglesa, que llegase el d?a de ver la luz, cuatro novelas, siete dramas, un poema, cinco comedias y un n?mero considerable de poes?as l?ricas, que seg?n sus c?lculos podr?an formar tres tomos voluminosos.
--Oiga usted, D. Dionisio--dijo Miguel Rivera, que no quitaba del laborioso poeta sus ojos risue?os.--?No le han pasado a usted recado nunca los vecinos?
--?Por qu? me lo hab?an de pasar?--pregunt? sorprendido Oliveros.
--?Toma! Por el ruido que usted har? en las altas horas de la noche al fabricar sus poemas.
--Yo no hago ruido ninguno--repuso el otro, amoscado.
--?Ah! Pues yo pensaba que esas redondillas tan vigorosas necesitaban grandes martillazos.
D. Laureano y Mario volvieron la cabeza para re?rse. Adolfo Moreno meti? la cara por el peri?dico para hacer lo mismo.
--Usted siempre de broma, amigo Rivera--dijo el poeta, avergonzado.
D. Laureano andaba conmovido con los ojos hermos?simos de aquella chula sentada cerca del mostrador. Mientras tomaba el caf? a breves sorbos no apartaba la mirada de ella, sin atender poco ni mucho a la conversaci?n de sus compa?eros. As? que dio fin a la taza, levantose de la silla, y sin decir adi?s se alej? a paso lento, solapado, balanceando el tronco esbelto de su figura al trav?s de las mesas y las sillas, en direcci?n del mostrador.
--Ya empez? el ojeo. Matusal?n toma vientos--dijo Rivera mir?ndole con curiosidad.
Los dem?s volvieron tambi?n la cabeza y sonrieron.
--?Qu? hombre tan singular!--murmur? Adolfo Moreno.--?A su edad tener las pasiones tan despiertas! Indudablemente es un caso de anomal?a org?nica: el exceso de nutrici?n se ha prolongado mucho m?s que en el tipo com?n.
Miguel Rivera le ech? una mirada de reojo donde se le?an mil cosas ir?nicas y, poni?ndole una mano sobre el hombro, le dijo:
Adolfo hizo un gesto de mal humor, mientras los dem?s sonre?an. Le mortificaba profundamente el apodo que Rivera le hab?a puesto y las bromas constantes que le merec?an sus aficiones cient?ficas. Calific?balo por detr?s de hombre fr?volo, ignorante, y periodista insustancial; pero nada se atrev?a a replicarle, en parte, porque Miguel le llevaba bastantes a?os y, en parte tambi?n, porque tem?a a su proverbial causticidad.
D. Laureano hab?a llegado al mostrador y, arrimado a ?l, hablaba secretamente con el encargado. ?Por qu? le llamaba Matusal?n Rivera? Porque, aunque parezca maravilloso, incre?ble, D. Laureano ten?a cerca de sesenta a?os. Nadie le supondr?a m?s de cuarenta y cuatro o cuarenta y seis. Era un hombre alto, esbelto, de cabellos negros y rizados donde s?lo se advert?a tal cual hebra plateada, la tez fresca y sonrosada, el peque?o bigote retorcido hacia arriba, la dentadura perfectamente conservada. Vest?a con suprema elegancia, con una distinci?n tan poco afectada que aun las formas m?s extravagantes impuestas por la moda sobre su cuerpo parec?an sencillas y adecuadas. Hac?a cuarenta a?os que llevaba la misma vida de joven alegre y elegante. Jam?s hab?a trabajado en nada. Dos hermanos, que ya se hab?an muerto, honrados comerciantes que tuvieron un almac?n de tejidos en la calle de la Montera, hab?an provisto con cari?o a sus necesidades y hasta a sus vicios mientras vivieron. A su fallecimiento le dejaron por heredero de una regular hacienda. Le llevaban bastantes a?os, y m?s que hermano fue siempre para ellos un hijo mimado. Complac?anse en verle montar a caballo, guiar un faet?n, alternar con los j?venes de la aristocracia, y se engre?an infinitamente cuando o?an hablar de su elegancia, de sus queridas, de los triunfos que obten?a en sociedad. Aquellos dos pobres hombres, encerrados en su oscura tienda, haciendo n?meros y midiendo telas todo el d?a, no ten?an con los goces de la existencia otro contacto. Una sola condici?n pon?an a este sacrificio: que no se casase. Formando nueva familia romp?a aquel lazo filial, dejaba de ser su orgullo; la ola perfumada del mundo ya no llegar?a al t?trico rinc?n de su almac?n. D. Laureano hac?a valer mucho esta prohibici?n para sacarles lindamente los cuartos: en realidad, import?bale tan poco que jam?s se le hab?a pasado por la mente enajenar su grata libertad. Aborrec?a de muerte el matrimonio y la familia. Cuando alg?n amigo se casaba, consider?bale como un suicida. Las enfermedades y los caprichos de la esposa, los gastos exorbitantes de la casa, el llanto de los chiquillos, las exigencias de la nodriza, todas las miserias y contrariedades de la vida matrimonial en suma, se ofrec?an a su imaginaci?n con tal relieve y sab?a describirlas tan gr?ficamente que, escuch?ndole, a nadie le entraba en apetito el probarlas.
Ten?a alquilado un cuarto en la plaza de la Independencia, con un solo criado a su servicio. Com?a fuera de casa, generalmente en el Casino. Cuando iba a alguna reuni?n o le tocaba el turno del Real, el criado le tra?a la ropa en un cajoncito expresamente fabricado con este objeto, y en el mismo Casino se mudaba.
Pues si pasamos al sexo femenino, aqu? s? que se dilataba desmesuradamente la esfera de sus conocimientos. Tan pronto se le ve?a asiduo galanteador de una marquesa averiada, como festejando a alguna hermosa horchatera. Una noche formaba el encanto de alguna tertulia cursi y enamoraba a cualquier zagalilla de quince a?os, dulce y t?mida; a la siguiente se le ve?a cenando en alg?n colmado con dos rameras. Su amor no reconoc?a clases, ni estados, ni edades.
Ten?a un car?cter apacible y su trato era cort?s y afectuoso. No disputaba jam?s, pero gozaba oyendo disputar a los otros. Pose?a inteligencia bastante l?cida y una ilustraci?n que, aunque superficial, le serv?a para no hacer papel desairado en ning?n sitio. Tocaba el piano medianamente, le?a muchas novelas francesas y hablaba con alguna competencia de pintura. Toleraba f?cilmente los defectos del pr?jimo y se hac?a perdonar los suyos por la frescura y la gracia con que los confesaba. Se refer?a a sus vicios y se jactaba de ellos con suave cinismo que a algunos hac?a gracia y a otros repugnaba. De todos modos, era un compa?ero agradable y hombre con quien hab?a seguridad de no tener choque alguno por palabra de m?s o de menos. En todas partes inspiraba alegr?a su presencia, la alegr?a serena, apacible que su rostro reflejaba constantemente.
--Manuel, vas a decirme en seguida qui?n es esa chiquilla que est? aqu? sentada a la derecha con un viejo--dijo al encargado del caf? inclin?ndose y meti?ndole los labios por el o?do.
--No puedo darle muchas noticias, Sr. Romadonga. Son padre e hija y me parece que los conoce Remigio, uno de los mozos... Aguarde usted un poco.
Llam? el encargado a Remigio y ?ste les manifest? que eran vecinos suyos y viv?an en la calle de Lavapi?s. El padre era viudo, de oficio sillero y no ten?a m?s hija que ?sta. La muchacha estaba aprendiendo a peinar. Buena gente. El sillero un infeliz. La chica muy trabajadora y muy recatada, pero con un genio de dos mil diablos. Armaba cada pelotera de vez en cuando con la vecina del segundo, que la casa temblaba.
--?As? me gustan a m?!--murmur? D. Laureano atus?ndose con mano tr?mula el bigote y devorando con los ojos a la hermosa chula,--?Que muerdan y ara?en como los gatos!
No hab?an pasado inadvertidas para aqu?lla ni las miradas apetitosas del bizarro se?or ni el concili?bulo que celebraba con el encargado y el mozo su vecino. Bien entendi? que se trataba de ella y que el elegante caballero la encontraba muy de su gusto. Moviose con inquietud en la silla, dirigi? dos o tres furtivas miradas al grupo y se llev? la mano a la cabeza para alisarse el pelo, primera y graciosa respuesta de inteligencia que da siempre la mujer a los homenajes que le dirigen con la vista.
--?Preciosa criatura!--a?adi? como hablando consigo mismo.--?Qu? ojos! ?qu? tez de n?car! ?qu? dentadura!... Las formas superiores. Debe de ser muy joven... Lo m?s que tendr? ser?n veinte a?os.
--Atiende, Concha--dijo entonces el mozo en voz alta dirigi?ndose a la chula.--?Cu?ntos a?os tienes?
--?Qu? te importa?--replic? la joven.
--A m? nada... pero este se?or...
--Le importa menos.
--Eso no lo sabe usted--dijo D. Laureano en voz alta tambi?n.
--Por sabido.
--Acaba de echarte veinte a?os--dijo Remigio.
--Es que no me ha reparado bien.
--?Tiene usted m?s?--pregunt? D. Laureano.
--No lo s?. ?Es usted por causalidad del registro civil?
Concha afectaba al hablar un tono desde?oso y pon?a esos ojos tan graciosamente agresivos que caracterizan a las hijas del pueblo en Madrid.
--Pues si usted tiene m?s no los aparenta--manifest? Romadonga, que era un psic?logo pr?ctico para quien ni el alma de las chulas ni el de las duquesas guardaban secreto alguno.
Acercose al mismo tiempo con paso firme y sosegado a la mesa donde padre a hija se sentaban y, haciendo una cort?s inclinaci?n de cabeza, a?adi? gravemente:
--Estoy seguro de que no tiene m?s y apelo al testimonio de su pap?, de cuya amabilidad espero que no me ha de enga?ar.
El sillero se llev? con serio adem?n la mano al sombrero, sonri? y dijo lleno de amabilidad:
--El 8 de Diciembre, d?a de Nuestra Se?ora, ha cumplido los diez y seis.
--?Qu? atrocidad!
?Ea! Ya est? D. Laureano en su terreno. A los cinco minutos se hab?a sentado formando tri?ngulo con el sillero y su hija. A los diez parec?a su ?ntimo amigo, depart?a con ellos familiarmente y hac?a re?r a la hermosa chula con la bater?a de chascarrillos y donaires que ten?a reservados para las hijas del pueblo.
Mientras tanto el semblante de nuestro buen amigo Mario expresaba una muda y profunda desesperaci?n que causaba pena. Romadonga era capaz de pasarse toda la noche hablando con la chula. Dirig?ale desde su mesa miradas intens?simas, unas veces suplicantes, otras col?ricas, las cuales no advert?a siquiera el viejo trovador, y si alguna vez se tropezaban casualmente sus ojos, los de ?ste expresaban indiferencia absoluta como si nada hubiese ofrecido a su amiguito. El rostro de la vecina tambi?n se hab?a puesto sombr?o, y ya no se volv?a sino muy rara vez hacia su afligido adorador.
Miguel Rivera se hab?a ido. En su lugar estaba Godofredo Llot. ?ste era un joven, casi un adolescente, de rostro afeminado, cabellos rubios, tez nacarada, ojos azules y agradable presencia.
Adolfo Moreno le acogi? con sonrisa ir?nica.
--No, no he estado--replic? el chico con visible malestar, poniendo los ojos serios y distra?dos para atajar, si era posible, las bromas insulsas con que Moreno sol?a regalarle.
--Pues, hombre, me sorprende much?simo, porque unas v?speras me parece a m? que no son para desperdiciar... sobre todo solemnes. ?Anda, que cu?ndo te ver?s en otra!
--Pues en seguida--replic? Llot malhumorado.--A cada momento las hay.
--?Hombre, me dejas sorprendido! ?Y a beneficio de qui?n eran ?stas?
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