Read Ebook: Si yo fuera rico! Novela original by Larra Luis Mariano De
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Ebook has 1206 lines and 74272 words, and 25 pages
NOTA DE TRANSCRIPCI?N
?SI YO FUERA RICO!
BIBLIOTECA UNIVERSAL
?SI YO FUERA RICO!
NOVELA ORIGINAL DE DON LUIS MARIANO DE LARRA
ILUSTRADA POR ALEJANDRO DE RIQUER
BARCELONA -- MONTANER Y SIM?N, EDITORES CALLE DE ARAG?N, N?MS. 309-311 1896
ES PROPIEDAD DE LOS EDITORES
CAP?TULO PRIMERO
LA F?BRICA DE BERNAREGUI
Era do?a Bernarda Bonet, mujer que frisaba en los cincuenta a?os, de morenas y apretadas carnes, de complexi?n robusta, de car?cter agrio, de palabras secas y desabridas, y de corto y revesado entendimiento. Sab?a comprender todas las cuestiones propias ? extra?as que se sujetaban ? su criterio por el lado m?s il?gico ? irracional; y todos sus actos, como consecuencia natural de tales premisas, eran casi siempre los menos acertados en la marcha normal de su existencia. No hab?a sido en su juventud ni m?s fea ni m?s bonita que en su edad madura, y si hemos de creer ? cuantos la hab?an conocido desde sus primeros a?os, siempre hab?a sido igual; dir?ase que hab?a nacido de cincuenta a?os, con el mismo vestido de merino negro, el mismo delantal de cuadros azules y blancos, el mismo pelo pegado ? las sienes y el mismo gesto de vinagre. Hu?rfana casi desde su infancia, siempre hab?a vivido con su hermano Benito, hombre de bon?sima pasta ? quien conoceremos dentro de poco; y en honor de los dos hermanos debemos decir que se quer?an entra?ablemente y que su conducta moral p?blica y privada pod?a servir de ejemplo y de modelo ? la clase social ? que pertenec?an.
Nunca se supo de do?a Bernarda si hab?a aspirado en su juventud ? los dulces y legales placeres del matrimonio; pero en su calidad de mujer es muy probable que as? hubiera sucedido. Sea porque su desabrido car?cter hubiera alejado ? los pretendientes, ? porque su adocenada y ancha figura no hubiera inspirado simpat?as, ? tambi?n porque su g?nero de vida la apartaba de fiestas p?blicas y de recreaciones caseras, ello es que hab?an transcurrido los a?os sin que un mal noviazgo ni un ligero proyecto matrimonial hubieran venido ? romper la mon?tona solter?a de do?a Bernarda. Esto era lo que la opini?n p?blica sab?a de sus asuntos; pero en el fondo del coraz?n de la solterona, y sin que nadie pudiera sospecharlo, hab?a un drama, y un drama terrible, desarrollado en el misterio, en la soledad y en el fuero impenetrable de la conciencia.
Eso dijo el poeta y eso creen los sat?ricos; pero en la pr?ctica de la vida vemos continuamente tragedias y cr?menes de que son autores ? protagonistas seres vulgares y tontos de capirote. La prosaica, la robusta, la vulgar?sima do?a Bernarda ten?a su drama correspondiente. Por sainete le juzgar?a quiz? el mundo si le hubiera conocido, pero para ella drama era, y drama fatalista, drama viviente, drama sentimental y hasta filos?fico. Desentra?emos su pensamiento y ofrezc?mosele como espect?culo ? nuestros lectores.
La escena pasa en el coraz?n de do?a Bernarda. ?Pobre do?a Bernarda! En la escena no hay muebles de ning?n g?nero, ni puertas p?blicas ni secretas, ni siquiera una mala ventana. La escena est? completamente ? obscuras; de pronto entra, recat?ndose, un personaje...: ? la tenue claridad del crep?sculo vespertino parece un hombre: no habla una palabra; no hace m?s que pasearse y mirar al cielo de cuando en cuando. Y entra y sale y vuelve ? entrar y vuelve ? salir, y repite esta situaci?n durante cinco actos. Al final se va para siempre y no vuelve m?s: cae el tel?n y se acaba el drama. Ni Shakespeare ni Calder?n pueden imaginar tragedia m?s terrible. ?Pobre do?a Bernarda!
Pero y ?cu?l es el argumento del drama, de ese drama in?dito que nadie conoce, y que debe estar como todos dividido en actos y en escenas, y escrito sin duda alguna en prosa ? verso, seg?n los gustos ? la idiosincrasia del autor? El drama no sabemos c?mo estaba escrito, pero s? afirmaremos que parec?a escrito con sangre en vez de tinta y que sus escenas deb?an ser pat?ticas y reconcentradas, y exornado adem?s con todo el aparato que exig?a su argumento.
El argumento--helo aqu?--no pod?a ser m?s sencillo ni m?s humano. La f?brica de tejidos de Joaqu?n Bernaregui, establecida en Barcelona, era si no una de las m?s ping?es en rendimientos de Catalu?a, una de las m?s consideradas y de reputaci?n m?s s?lida del Principado. Hab?ase establecido en 1824 con los escasos elementos con que contaba entonces la industria espa?ola, y s?lo ? fuerza de a?os y discuti?ndolas palmo ? palmo se hab?an introducido en ella las reformas y adelantos que el progreso extranjero hab?a sancionado en sus continuos trabajos. ? fines del a?o 1880, el balance general de la casa acusaba un capital de dos millones de pesetas, despu?s de cubiertos todos los gastos y de equipararse con poca diferencia los cr?ditos no cobrados con los giros y letras ? pagar. Puede decirse, por lo tanto, que el estado de la casa de comercio de Bernaregui era desahogado y su situaci?n financiera s?lida y segura. Cierto que los dos millones de pesetas no pod?an ser realizados en met?lico contante y sonante, si se hubiera querido liquidar en el acto, y que el valor en coste de la f?brica con sus m?quinas, telares, g?neros, utensilios y mobiliario industrial y particular nunca hubiera dado un efectivo de la mitad de lo que importaba en los libros de comercio. Para que la f?brica hubiese ido creciendo en importancia y ganancias desde que Bernaregui padre la fund? en 1824 hasta que Bernaregui hijo firm? el balance de 1880, se hab?a acumulado en los ?ltimos veinte a?os el trabajo asiduo de tres individuos casi de la misma edad y de id?nticas condiciones y aptitudes comerciales, aunque de car?cter antag?nico y desemejante. Uno de ellos era Joaqu?n Bernaregui, el due?o, el propietario y el jefe de la industria: otro era Juan Puig, el cajero de la casa, honrado ? carta cabal, serio y grave en su vida privada como en su cargo oficial; y el tercero Benito Bonet, hermano ben?volo de nuestra amiga do?a Bernarda. De los tres amigos s?lo ?ste ten?a familia: una hija bell?sima, que frisaba en los catorce a?os en el de 1880, y la hermana en cuesti?n, pues su esposa hab?a muerto al dar ? luz ? Luc?a, la alhaja de la casa, y de la que hab?a sido padrino en la pila bautismal el mismo D. Juan Puig, compa?ero de Benito. Estos tres hombres, asiduos en el trabajo, morigerados en sus costumbres y econ?micos en sus gastos, no ten?an m?s objetivo en su existencia que la marcha acertada de la casa comercial y el mayor rendimiento posible de la f?brica. Bernaregui dirig?a, emprend?a y reglamentaba, por decirlo as?, las exterioridades generales de la empresa: celebraba los contratos, llevaba ? cabo las compras y ventas por mayor, y como amo y propietario, se embolsaba las ganancias, dando una peque??sima participaci?n de ellas ? sus dos amigos, que nunca hab?an llegado ? ser sus socios y se contentaban, ? lo parec?a al menos, con ser los dos principales empleados de la casa. Puig, el cajero, ten?a ? su cargo, como era natural, la parte administrativa: letras, giros, pagos, asientos; en una palabra, cuanto en casas de m?s fuste est? encomendado al tenedor de libros, al cajero, al apoderado y al tesorero. Ni una peseta entraba en la casa, ni un real sal?a del bolsillo del principal, sin pasar por las manos y los libros de Puig, y hasta su sueldo, que no pas? nunca de tres mil pesetas anuales, s?lo se cobraba despu?s de probarse por balances y arqueos que no hab?a ni la equivocaci?n de un c?ntimo en los libros ni en las esportillas. Benito Bonet ten?a ? su cargo la direcci?n pr?ctica de la industria. Los talleres diversos, los complicados telares, los almacenes, las salas de trabajo, todo estaba bajo la vigilancia, la inspecci?n y la direcci?n de Bonet, que por su car?cter dulce era mirado por todos los obreros como su verdadero jefe y su defensor nato en todas sus quejas ? sus deseos. Estos tres hombres, solteros los dos primeros y viudo el ?ltimo, formaban una trinidad de id?nticos poderes aunque con distintos atributos, y su vida mutua se pasaba en mancomunidad de trabajos, de inteligencias y de gustos. Bernaregui viv?a en la f?brica, ocupando dos modest?simas habitaciones del piso principal, pared por medio de la oficina, gran sal?n atestado de piezas de tela, libros comerciales de cada a?o, mesas de escritorio, caja, taburetes altos para los escribientes, y estantes con legajos de correspondencia, facturas, partes telegr?ficos, etc. Dos ancianas, obreras jubiladas de la f?brica, cuidaban de la limpieza, dig?moslo hasta cierto punto, de las habitaciones principales y de la ropa interior y de cama del amo, no siendo necesario cuidar de la de mesa, por comer y almorzar siempre Bernaregui en un fonducho en sus a?os juveniles, en una fonda en los de su edad viril, y en un restaurant en los ?ltimos de su vida. Tampoco Puig y Bonet viv?an en la f?brica. El cajero ocupaba un gabinete en un piso tercero de una calle cualquiera como hu?sped de paga segura, y Benito viv?a con su hija y su hermana en un piso modesto, que no para otros lujos daban los doce mil reales de su sueldo, equiparado al de Puig en la decena de a?os de 1870 al 1880 ? que nos referimos. Y aqu? empieza el argumento del drama de Bernarda. Puig visitaba ? menudo ? su compa?ero y amigo Bonet, y como ?ste era el ?nico de los tres amigos que ten?a casa y hogar, en este hogar y en esta casa se celebraban todas esas fiestas caseras que hacen algo menos mon?tona la vida de los que diariamente se entregan ? un trabajo peri?dico y uniforme. Las pascuas de Navidad, la noche de ?nimas, el d?a de a?o nuevo y los respectivos santos de los tres inseparables, siempre los ve?an reunidos bajo el techo patriarcal y modesto de Benito y Bernarda, si bien en cada circunstancia solemne pagaban los convidados su escote con oportunos obsequios, para no aligerar demasiado con excesos gastron?micos la exigua bolsa del anfitri?n.
?Di? ? entender alguna vez Puig ? Bernarda Bonet con palabras claras ? indirectas embozadas que no la era indiferente? Nadie puede asegurarlo. ?Figur?se la pobre mujer que las miradas de Juan ten?an una significaci?n que estaban muy lejos de tener? Todo es posible; pero de un modo ? de otro la suposici?n ? la esperanza nada ten?an de absurdo ni de desatinado. Los dos amigos ten?an id?ntica posici?n y hasta el mismo sueldo en casa de Bernaregui. Su constante amor al trabajo y el empleo eterno de su tiempo alejaba ? ambos de intrigas y hasta casi de conocimientos superficiales femeninos. Siendo ella la ?nica mujer ? quien visitaban Bernaregui y Puig, milagro es que Bernarda se contentara con ser amada del compa?ero de su hermano y no so?ara serlo por el mismo opulento jefe de la f?brica y se?or de todas aquellas vidas y haciendas.
No fu? as?, sin embargo. Ella crey? que Puig la amaba ? que pod?a amarla, que aspiraba ? su mano ? que no ser?a dif?cil que aspirase ? ella; y como su edad era poco m?s ? menos la misma de su amador en ciernes, y como ambos eran pobres, que pobres son los que s?lo tienen por todo capital un sueldo modesto; y como ambos eran feos y honrados y econ?micos, el plan no ten?a nada de descabellado ni de irrealizable. Y sin embargo no se realizaba nunca. En esta situaci?n beat?fica y serena sorprendi? la muerte un d?a ? Joaqu?n Bernaregui. Tras r?pida enfermedad y rodeado de aquellos ?nicos seres que constitu?an, si no su familia, sus ?nicas afecciones, muri? el honrado fabricante, pocos d?as despu?s de hecho el balance de la casa en 1880.
Abierto el testamento la misma tarde que era conducido el cad?ver ? su mansi?n eterna, se vi? con sorpresa de todo el mundo y con mayor sorpresa del interesado, seg?n aseguraba ?l mismo, que el heredero universal de Bernaregui, por carecer ?ste de parientes en ning?n grado, era Juan Puig, su constante cajero y su m?s constante amigo. Para ?l la f?brica, la casa comercial, algunos solares, alguna finquita r?stica y todo lo que constitu?an los dos millones de pesetas del ?ltimo balance.
?Qu? situaci?n final para el drama de Bernarda! Puig no se hab?a casado con ella antes de heredar: ?no era ya probable ni l?gico que se casara despu?s! Quiz? ella pensaba, cuando sucedi? la cat?strofe, en la posibilidad de un atrevimiento por su parte para obligar al hombre ? ser m?s expl?cito; pero la herencia destru?a todos sus planes y sus prop?sitos. Adem?s ?qui?n pod?a prever cu?les ser?an las intenciones del nuevo rico respecto ? su eterno amigo y compa?ero?
La humilde casa de Benito, Bernarda y Luc?a Bonet, que hasta entonces hab?a sido morada de paz, fu? por aquellos d?as centro de luchas intestinas y de amargas quejas contra el implacable destino. No llegaban ? la vecindad gritos ni juramentos, pero o?ase el sordo murmullo de las murmuraciones y el continuo silbido de la envidia. ?Por qu? Bernaregui hab?a legado toda su fortuna ? Puig? ?No ten?a Bonet los mismos m?ritos que el agraciado? ?No hab?an trabajado los dos del mismo modo durante treinta a?os para poner la f?brica y la casa de comercio ? la dichosa altura en que se encontraba? Si los m?ritos de ambos eran iguales y el car?cter de Benito era mucho m?s apacible, m?s ben?volo, m?s dulce que el de Puig, ?no parec?a natural que el difunto hubiese preferido ? Bonet? Y si se ten?a en cuenta que Bonet ten?a familia, una hermana ? la que sin cesar hab?an molestado los tres en sus francachelas, y una hija ?nica sin dote, ?no era m?s l?gico y sobre todo m?s equitativo que Bernaregui hubiese nombrado ? Bonet su heredero universal, puesto que Puig carec?a de familia y sus necesidades eran menores que las de Benito? Y por ?ltimo, y ? este pensamiento se aferraban no s?lo los interesados, sino hasta los empleados y obreros de la f?brica, ?por qu? Bernaregui no hab?a repartido su fortuna por igual entre los dos amigos, los dos empleados modelos que le hab?an ayudado ? consolidarla? Cierto que en una cl?usula del testamento se encargaba expresamente al nuevo poseedor de la f?brica que atendiera siempre ? la persona y familia de Benito; pero dej?base al heredero la facultad de cumplir ? de interpretar semejante recomendaci?n; y como el dinero ciega tanto, ?Dios sabe en qu? t?rminos se dar?a cumplimiento al deseo del testador!
No ser?amos justos si crey?ramos un?nimes los juicios de los tres individuos que constitu?an la familia desheredada. El jefe, el pac?fico, el honrado Benito se lamentaba de su suerte con sencillas exclamaciones: se alegraba p?blicamente de la fortuna de su querido amigo y compa?ero Puig, y s?lo hostigado por las agresivas indirectas de su hermana y los profundos suspiros de su encantadora hija Luc?a, sol?a exclamar de modo que s?lo lo oyese ?l mismo: <
Pas? el novenario de la muerte del testador, y como los negocios comerciales no pueden paralizarse y los trabajos de la f?brica exig?an la continuaci?n met?dica de los mismos, se convino t?citamente por todos en seguir en la misma situaci?n hasta que el nuevo principal diera cuenta de sus nuevos prop?sitos. La solemne conferencia que se celebr? un mes m?s tarde en el despacho-oficina de la f?brica y ? la que fu? invitada do?a Bernarda, dej? m?s amargos desenga?os en el alma de la atrabiliaria se?ora, calm? los poco excitados nervios del bueno de Benito, y fu? aprobada y aplaudida por todos los empleados y dependientes. Puig declar? que al heredar ? Bernaregui s?lo se cre?a depositario de su fortuna, y por lo tanto seguir?a con la f?brica en el mismo pie que el difunto la hab?a dejado. Si la generosidad sin l?mites de su difunto amigo mermaba su capital con d?divas y alguno que otro sueldo innecesario, ?l seguir?a el mismo camino, y todos los empleados, operarios y obreros ten?an en la casa asegurada su subsistencia. Su ?nica aspiraci?n era que todos pudiesen creer que a?n viv?a Bernaregui.
Puig s?lo hab?a llegado ? tener tres mil pesetas de sueldo al a?o, lo mismo que Benito; pero desde aquel momento Benito tendr?a cinco mil, y como adem?s la casa era grande y Puig carec?a de familia y siempre hab?a querido ? la de Benito como si fuera propia , quer?a que su amigo y su familia se viniesen ? vivir con ?l ? la f?brica. Aqu? ya el abanico de Bernarda empez? ? echar tanto aire en la sala donde se celebraba la conferencia, que todos los presentes se apartaron de su lado por temor ? una pulmon?a. Esto no podr?a causar esc?ndalo ni sorpresa ? nadie--prosigui? el orador,--porque su edad y la de do?a Bernarda no se prestaban ? malos pensamientos; porque Luc?a era su ahijada y de su cuenta corr?a dotarla cuando m?s adelante eligiera esposo de su clase y merecedor de su cari?o, y porque, en fin, para que no se hiriera la delicadeza de do?a Bernarda haci?ndola aceptar una posici?n equ?voca, desde luego la confer?a la direcci?n completa de su hogar, nombr?ndola su ama de gobierno y se?al?ndola para alfileres quince duros mensuales.
?Horror de los horrores! Oir los aplausos y pl?cemes de empleados y obreros, sentir los cari?osos brazos de su sobrina oprimiendo su cuello con muestras de felicidad, y ver ? su hermano..., al mismo Benito, llorar de placer y agradecimiento en los brazos del tirano, del amo, del ser sin entra?as que la relegaba ? la categor?a de criada..., ?? ella, ? la que merec?a ser ama de todos, ? la que ten?a derechos antiguos..., derechos sagrados ? ocupar, no el comedor ni el cuarto de costura, sino el mismo t?lamo del emperador de la China!
?Falso y calumnioso pensamiento que abrasaba su cerebro y hac?a enmudecer su lengua de v?bora! Ella hab?a sido siempre honrada, sin darse cuenta de ello; Puig hab?a sido siempre casto, y jam?s ni con el pensamiento, si hemos de dar cr?dito ? sus antecedentes y ? su conducta, hab?a tratado de conceder derechos de ning?n g?nero ? la ilusa do?a Bernarda; pero ?sta, en su rabia por no ser el ama, en su despecho por no ser rica, ni apenas se daba cuenta de que echaba su honra por los suelos con tal de zaherir y desacreditar al que los colmaba de beneficios.
Por no dar una campanada escandalosa quiz?, y por no perder del todo la esperanza de que a?n pudiera conquistar con sus encantos aquel coraz?n de roca, acept? en silencio y con cara y ademanes de v?ctima propiciatoria el puesto que se la brindaba; hici?ronse en la casa las obras indispensables para el nuevo g?nero de vida de unos y otros, y ? los tres meses escasos de la muerte de Bernaregui qued? instalada la nueva familia en las mejores habitaciones de la f?brica.
As? pasaron tres a?os, toler?ndose mutuamente unos y otros los defectos de car?cter inherentes ? toda criatura humana, aunque acentu?ndose m?s en la vida ?ntima todos los puntos salientes que causan rozamientos y divergencias. En esos tres a?os Benito adorn? con un tinte amargo y melanc?lico su obediente asiduidad; Luc?a se desarroll? r?pidamente y cumpli? sus diez y siete abriles, proclamada por todos los que la conoc?an como un prodigio de belleza, y do?a Bernarda hab?a casi enmudecido echando ? solas espuma por la boca, y lanzando por ella suspiros capaces de ablandar las piedras cuando alguno la preguntaba por su salud ? por su dicha.
Puig segu?a inalterable desempe?ando su papel de amo y de principal, dictando sus ?rdenes, vigilando su f?brica, haciendo sus balances, algo menos brillantes que los de su predecesor, y m?s silencioso a?n que de costumbre. Cuando se retiraba ? su dormitorio y todo era calma y soledad en aquel edificio tan bullicioso durante el d?a, dir?ase que una pena profunda embargaba toda su ?nima, y que una cadena de pensamientos tristes ataba aquella existencia que tantos envidiaban y que todos cre?an una de las m?s felices y bienaventuradas de la tierra.
Nuestros cuadros ser?n m?s tranquilos, m?s sosegados, y la lucha, si lucha hay, entre los elementos que constituyen el medio ambiente de nuestro relato ser? una lucha ?ntima, sorda, mal?vola siempre, pero encerrada tambi?n en los l?mites de la mutua conveniencia y del orden establecido.
Para ser ver?dicos debemos hacer constar que el estado de la f?brica, en cuanto se refiere ? su atm?sfera moral, no era, en la ?poca que da principio ? nuestra historia, tan limpia y sana como en los tiempos de Bernaregui. La en?rgica voluntad de su antiguo due?o, causa primera sin duda de su situaci?n brillante, hab?a desaparecido con ?l, pues el car?cter de Puig, reservado y triste, se doblegaba con m?s facilidad, por su deseo de paz y concordia, ? las exigencias de unos y otros y ? las aspiraciones no siempre justas y nunca desinteresadas de los m?s bulliciosos. Y sucedi? lo que l?gicamente deb?a suceder. Cuando Bernaregui mandaba, todos sab?an que sus ?rdenes eran irrevocables y que justas ? injustas no hab?a medio de protestar contra ellas, y de aqu? nac?a la tranquilidad de la obediencia. Puig, por el contrario, admit?a observaciones, o?a consejos y muy ? menudo revocaba alguna de sus ?rdenes; gran disgusto y profundas quejas cuando no las revocaba todas. Lo que en el uno hab?a sido natural entereza y unidad de miras, se tuvo en el otro por exigencias desmedidas y tir?nico despotismo. Los mismos que callaban por todo ante Bernaregui, chillaban por nada ante Puig, y efervescente esp?ritu de rebeli?n cund?a injustamente de taller en taller y de oficina en oficina en aquella siempre bien dirigida casa de comercio y f?brica de tejidos.
Como siempre, se exageraba la cuant?a en la herencia, haciendo subir ? cuatro, seis y m?s millones de pesetas el capital de la casa, que, seg?n el balance de 1880 ? que nos hemos referido anteriormente, s?lo arrojaba dos millones, no muy bien contados; y cuanto mayor era la fortuna, mayor era el descontento de los que la ve?an en manos que no eran las suyas.
Estas indicaciones acerca del estado de los ?nimos de cuantos depend?an de la f?brica de Bernaregui, que as? continuaba llam?ndose y as? hab?a de llamarse siempre, por expresa voluntad del difunto, explican perfectamente los acontecimientos que han de desarrollarse en ella.
CAP?TULO II
Las ideas pol?ticas se han apoderado de todos los cerebros y han invadido todas las conciencias. En otros tiempos, no s? si m?s venturosos ? menos desdichados que los presentes, s?lo los actores que tomaban parte en la representaci?n de la comedia pol?tica se interesaban verdaderamente por ella, ? mejor dicho, por ellos mismos; pero el p?blico que presenciaba el espect?culo apenas le prestaba atenci?n pasajera; y lo que es la multitud que llenaba el mundo, ni sab?a la existencia del teatro, ni conoc?a ? los actores, ni acertaba ? deletrear el t?tulo de la comedia.
Como la piedra lanzada ? un lago lleva hasta el ?ltimo l?mite de su superficie los c?rculos de sus ondas; como el sonido atraviesa las capas atmosf?ricas repercuti?ndose en las ondas sonoras hasta el infinito inapreciable ? muchos o?dos, llegaban al pueblo los acontecimientos pol?ticos. Sent?a el movimiento, percib?a el sonido, pero ignoraba por completo la piedra que causaba el primero ? el ?ay! que produc?a el segundo.
El peri?dico, que ahorra el libro, por ser la s?ntesis p?blica ? impresa de todos los libros; que da diariamente impresa la opini?n ya concreta y condensada sobre todos los hechos, todas las ideas y todos los sistemas pol?ticos, cient?ficos, art?sticos, literarios, morales, filos?ficos y sociales; que ahorra el estudio, el tiempo, el trabajo intelectual previo para entender de todo, hablar de todo y juzgar de todo, es hoy, no ya la palanca de la idea, sino la idea misma, asequible por igual ? todos los criterios y ? todas las inteligencias.
Siento corr?rseme por los puntos de la pluma el deseo de hacer un estudio monogr?fico del periodismo, pero como otros ingenios m?s peritos que el m?o en la materia lo han de hacer de seguro alguna vez, y como, despu?s de todo, para mi novela s?lo hacen falta algunas reflexiones que indiquen la importancia del peri?dico en la vida social moderna, me contentar? con aquellas que, por ser pocas y venir ? cuento, no han de parecer extravagantes ni inoportunas en mi relato.
El hombre es eminente y fatalmente holgaz?n. Como se le di? hecho el mundo, lo tom? ? beneficio de inventario, y as? toma siempre todo lo que le dan hecho: la religi?n, las leyes, las costumbres y hasta las modas. Como rezan todos, as? reza; como le mandan todos, as? obedece; como lo quieren todos, as? se viste. Si no fuera por las excepciones de esta regla general, por los cuatro ? seis hombres que en el transcurso de cada siglo dan un empuj?n, ? una sacudida, al mundo moral donde vegetan mil millones de seres humanos, ?l vivir?a hoy, como al principio del mundo, en pa?os menores, tumbado ? la bartola debajo de las encinas y aliment?ndose de las bellotas que por su propio peso y buscando el centro de gravedad le cayeran en la boca, con c?scara y todo.
Convencidos de esa triste verdad
<
esto es, los pocos genios que han alumbrado con la llama imperecedera de su divina esencia los tristes derroteros de la humanidad, han dirigido siempre sus dichosas empresas y sus extraordinarias conquistas ? dos objetos, ? dos fines igualmente ?tiles y asombrosos:
Como la vida es corta, lo principal en todas las manifestaciones del esp?ritu, en todos los proyectos humanos, en todas las especulaciones de las ciencias, de las artes, de la industria, ha sido ganar a?os, ? mejor dicho, quit?rselos ? las labores largas, ? los estudios prolongados, ? los interminables preliminares.
Figur?monos, pues, lo que significa el empuj?n del periodismo en la escala del trabajo humano.
El peri?dico relata todo lo ocurrido, lo que ocurre y lo que puede ocurrir, sin que el lector se tome el trabajo de averiguarlo, de preguntarlo, ni casi de oirlo. El peri?dico formula la opini?n, la ordena, la comenta y deduce las consecuencias del hecho, de la idea ? del fen?meno: le da por lo tanto al lector criterio, raciocinio y discurso: le facilita el diagn?stico y el pron?stico de la enfermedad humana colectiva ? individual, al d?a, al minuto, al instante. Y m?s a?n; el peri?dico es panacea de todos los males, soluci?n de todos los problemas, realidad de todas las hip?tesis, corolario de todos los axiomas; porque desde su punto de vista todo lo resuelve, todo lo practica y todo lo realiza, en participando de sus ideas, de sus doctrinas y de su l?gica. El suscriptor ? lector de un peri?dico tiene bastante con leerle todos los d?as para saber lo que los m?s sabios, para pensar como los grandes pensadores, para pertenecer ? la exigua falange de los que impulsan ? la masa inconsciente de mil millones de seres completamente pasivos que pueblan el planeta terrestre.
Esta ilustraci?n general omnisapiente ? domicilio tiene sin embargo algunas contras; que algunas hab?a de tener el universal beneficio que produce, y sin las cuales ser?a de seguro el periodismo, ? mejor dicho, la prensa peri?dica, la completa felicidad humana.
Rispall, el mozo de oficios, ? criado universal, ? ordenanza de la f?brica, ten?a tambi?n su peri?dico predilecto: el que m?s halagaba su holgazaner?a independiente; el que, defendiendo todos los derechos del pueblo, sol?a olvidarse con frecuencia de recordarle sus deberes; el que promet?a tambi?n ? sus suscriptores un inmediato arreglo social que, echando abajo todo lo existente, har?a de la tierra el para?so de los pobres y el infierno de los ricos.
As? llamaba casi siempre la dulce cat?lica al pobre Puig, como si la fortuna de que disfrutaba hubiera sido usurpada por ?l y no heredada leg?timamente.
--?Ojal?!--la respondi? Rispall, levant?ndose con rapidez de la butaca en que se escond?a y estrujando en la mano su peri?dico como si su lectura le hubiera excitado los nervios.--Si ?l se levantara m?s tarde, descansar?amos los dem?s ese tiempo. Pero desde que amanece no est? uno tranquilo en ninguna parte. En cuanto el d?a despunta, ya da principio su tiran?a. Recorre los talleres; investiga si han venido los obreros, rega?a con los criados, amonesta ? los dependientes, y hasta la toma conmigo, que soy el modelo de la actividad y el burro de carga de la f?brica. ?Qu? m?s Ner?n, qu? m?s Narv?ez que el principal?
--?Y qu? quiere usted, amigo Rispall? Hay que perdonar al pr?jimo sus flaquezas, seg?n la doctrina cristiana--respondi? Bernarda con un moh?n m?s sarc?stico que religioso.
--Estamos conformes, se?ora. Sus flaquezas, sus desgracias, sus errores, sus defectos, hasta sus vicios, si usted me apura, deben perdonarse al pr?jimo; pero lo que es sus millones, ?nunca!
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