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Read Ebook: Si yo fuera rico! Novela original by Larra Luis Mariano De

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Ebook has 1206 lines and 74272 words, and 25 pages

--Estamos conformes, se?ora. Sus flaquezas, sus desgracias, sus errores, sus defectos, hasta sus vicios, si usted me apura, deben perdonarse al pr?jimo; pero lo que es sus millones, ?nunca!

--No por rico deja de ser nuestro pr?jimo.

--?Pr?jimo nuestro ese hombre? Buen pr?jimo te d? Dios. Los ricos no tienen pr?jimos nunca, se?ora. Todos los hombres son para ellos esclavos ? enemigos.

--?Qu? ideas tan demoledoras las del buen Rispall!--dijo sonri?ndose amargamente el ama de llaves.

--Las de mi credo pol?tico; las ?nicas que han de salvar nuestra sociedad desgraciada y devolvernos nuestros derechos conculcados--que eso mismo dec?a el art?culo de fondo del peri?dico que estrujaba en su mano izquierda, mientras con la derecha bland?a el plumero ? guisa de machete.--Soy republicano federal--continu?, alzando la voz--y fu? alcalde de barrio el a?o setenta y tres, cuando los m?os mandaban. Si hubiese continuado aquella ?poca feliz, ?quiz? ser?a hoy ministro!

--?Ave Mar?a Pur?sima!--objet? entre dientes do?a Bernarda.

--?Toma! ?Pues no fu? mi compa?ero Alejandro Mart?n capit?n de artiller?a ? los dos a?os de haber ca?do soldado?

--Pero aquello acab? para no volver nunca. Fueron horrores del liberalismo llevados ? su m?s alta y espantosa expresi?n. Del liberalismo, plaga m?s terrible que las de Fara?n, azote de la humanidad y castigo de la Providencia por haber robado el poder temporal al Soberano Pont?fice--que as? dec?a aquella ma?ana el peri?dico que do?a Bernarda oprim?a contra su seno.

--?En cuanto ? eso hay mucho que hablar!

--El hombre no ha nacido para trabajar. ?Es libre, independiente!

--Pero la Biblia...

--La Biblia es otra farsa. La Biblia no habla nada del oro, del vil metal... ?Maldito sea el oro... cuando le tienen los dem?s!... ?Maldito sea el trabajo... cuando le tengo yo! Esos son mis principios pol?ticos y religiosos. ?Abajo los tiranos, sean los que sean y vengan de donde vengan!

--Si le escuchara ? usted mi hermano, ya le responder?a lo que hace al caso. Benito no tolera tales exageraciones.

--Los juicios de Dios son incomprensibles.

--?Y tanto, que no hay manera de conformarse con ellos! En la f?brica todos opinan lo mismo que yo. ?Si fuera D. Benito el principal! ?Anda!, ?qui?n trabajaba?

--?Hombre, me gusta la franqueza!

--Es decir..., se trabajar?a..., pero con cierto m?todo..., con cierta medida; porque su hermano de usted es bueno, es compasivo..., mientras Puig..., ?oh!..., ??se!...

--Cuidado no le oiga ? usted; ya debe andar por ah?...

--?? m? no me importa que me oiga todo el mundo! ?No pertenezco ? la inmunda clase de los aduladores del poder! ?No soy esclavo!

--Pero al fin hay que tener en cuenta--le interrumpi? do?a Bernarda, acentuando m?s su ir?nica sonrisa--que nos da sueldo, casa...

--Comerciando con nuestro sudor.

--?Prudencia y calma, Rispall!

--?Chupando la sangre de los ciudadanos, asesinando al pueblo libre!

--No digo que no tenga usted raz?n..., pero al fin es el amo.

--?Amo! ?Jefe! ?Due?o! ?Principal! ?Se?or! ?Verg?enza da que en el ?ltimo tercio del siglo diez y nueve se usen a?n tales calificativos! ?De qu? nos ha servido entonces que mat?ramos ? C?sar en Roma hace m?s de dos siglos?

Como se ve, el buen Rispall estaba muy fuerte en historia romana y no se equivocaba mucho en las fechas.

--Vamos, c?llese usted y sacuda el polvo. Si el escritorio no est? limpio y arreglado cuando venga...

--S?, dir? que le sirvo mal...

--Ser? muy capaz de ello.

--Y que le robo el pan que como... ?Canalla! Vamos, por m?s que lo pienso, no me explico c?mo siendo Bernaregui tan amigo de D. Benito como de don Juan Puig, no le dej? ? aqu?l su fortuna en vez de dej?rsela ? ?ste. ?Claro! Procedi? como proceden siempre los tiranos. Olvid? al hombre lleno de virtudes, al honrado padre de familia, para hacer poderoso y millonario al hombre adusto, al ego?sta, al solter?n empedernido, al perverso, al que debe estar plagado de vicios y quiz? de cr?menes. Digo: ?qu? hombre ser? ?l cuando no tiene ni padres ni hijos!

--Eso digo yo--murmur? do?a Bernarda sonroj?ndose.

--Usted misma debe ser su juez m?s inflexible. Todos cre?amos en la f?brica que, al heredar D. Juan Puig el capital de Bernaregui, su primera determinaci?n ser?a pedir ? usted su mano y hacerla su esposa.

--Como lo manda la Santa Madre Iglesia...

--Y como, seg?n parece, ten?a usted motivos para esperar, dada la antigua amistad que les un?a ? ustedes con el nuevo propietario, y hasta quiz? sus ofrecimientos en ?pocas anteriores.

--Me ha hecho su ama de llaves--respondi? do?a Bernarda, pint?ndose en su rostro una expresi?n de despecho y de indignaci?n imposibles de describir, aunque veladas por cierto tinte de resignaci?n cristiana.

--Sin duda para un alma como la suya es igual que usted le cuide el coraz?n que la despensa. ?Alma de conservador, y est? dicho todo!

--?Silencio, que viene gente!

Oy?ronse, en efecto, unos pasos precipitados, y apareci? en el umbral de la puerta del escritorio la bell?sima figura de Luc?a.

--Es mi sobrina. ?Calle usted y limpie!--dijo ? Rispall do?a Bernarda en voz baja, saliendo al encuentro de la joven.

--Otra v?ctima del monstruo--dijo Rispall con voz apenas perceptible; y con ademanes rabiosos di? dos ? tres plumerazos ? los muebles y coloc? los taburetes y las sillas en su sitio acostumbrado, disponi?ndose sin embargo ? escuchar lo que hablaran las dos mujeres y ? meter su cuarto ? espadas en la conversaci?n, si lo cre?a necesario.

DONDE APARECE EL INDISPENSABLE DIOS CUPIDO, SIN CARCAX NI FLECHAS Y VESTIDO AL USO DEL D?A

?Oh Madrid, tierra de promisi?n, para?so so?ado, ciudad santa para todos los cerebros provincianos, para todas las ambiciones desordenadas, para todos los corazones aventureros, para todos los ideales art?sticos y literarios; sima sin fondo, mar sin orillas para los apocados de voluntad, para los pobres de esp?ritu, para los que careciendo de la energ?a que se impone ? de la ductilidad que se arrastra, aspiran ? escalar los altos puestos siempre asequibles ? la audacia y ? la adulaci?n! ?Madrid, tienda de asilo de media Espa?a, oasis hospitalario de la eterna caravana de la miseria, gigantesco coloseo donde hay luchas ? diario entre las fieras y los hombres, necr?polis de todas las esperanzas, tribuna p?blica de todas las oratorias, sal?n del trono de todas las soberan?as y manicomio ? falansterio de todas las insanias, man?as, chifladuras y aberraciones cerebrales de los espa?oles: yo te saludo, no como el ?ngel, sino como el gladiador romano!

? Madrid se dirigieron madre ? hijo, desde la humilde y escondida ciudad de Cuenca, al a?o escaso de haber fallecido D. Jer?nimo Garc?a, oficial primero de aquel Gobierno civil durante catorce a?os, contando en su hoja de servicios treinta y seis de carrera administrativa. La Junta de clases pasivas hab?a hecho su clasificaci?n y correspond?an ? la viuda mil quinientas pesetas de viudedad con la natural rebaja del diez por ciento establecida. Mal, muy mal pueden vivir en el mundo una mujer de cincuenta a?os y un hijo de diez y nueve, teniendo por toda renta la exigua cantidad de cinco mil cuatrocientos reales; pero cuando ese mundo es Cuenca, y se tienen los muebles y las ropas de toda la vida, y se pagan tres reales diarios por una casa ventilada y alegre, y no hay exigencias sociales en trajes y gastos de representaci?n, a?n es posible no morirse de hambre. Trasl?dese ? Madrid esa exigua renta; nazcan los deseos casi necesarios de vivir con cierto decoro y de atender ? ciertas necesidades sociales en busca de porvenir m?s halag?e?o, y se ver? en lontananza aparecer la desmantelada buhardilla y las eternas noches de la miseria.

Era la madre, do?a Antonia Rubielos, una buena mujer, de cortos alcances, de dulce car?cter, de irreprochables costumbres y de limitad?simas aspiraciones. Su condici?n pasiva la hab?a dado la felicidad de vivir en paz con todo el mundo, y puede decirse que durante sus treinta y dos a?os de matrimonio no hab?a conocido m?s penas ni m?s dolores que alg?n que otro resfriado y el embarazo y crianza de su hijo Ramiro, joven de diez y nueve a?os ? la saz?n. Contenta siempre con su suerte y satisfecha con su posici?n de oficiala primera del Gobierno civil de Cuenca, la muerte de su marido D. Jer?nimo fu? el primer problema serio que se le present? en su vida, ?? ella que no hab?a tenido nunca otro problema que el matem?tico de ajustar la cuenta del gasto diario!

?Qu? deb?a hacer con sus cinco mil cuatrocientos reales de viudedad? ?Continuar en Cuenca con su hijo comi?ndoselos en santa paz, sin darle carrera, puesto que ? los diez y nueve a?os no hab?a a?n emprendido ninguna, si bien ten?a ya su t?tulo de bachiller en letras en el bolsillo, ganado f?cilmente en el Instituto de segunda ense?anza de Cuenca; ? buscar en otros horizontes m?s dilatados campo ancho y abierto al porvenir de aquel hijo que era ya el jefe de la familia? Cierto que su hijo no sab?a hacer nada; que carec?a adem?s de esa vocaci?n, segura en unos hombres ? incierta en otros, hacia una profesi?n determinada, que desde la infancia revela la predilecci?n ? las armas, las bellas artes ? el sacerdocio; que el ni?o miraba con aversi?n toda ocupaci?n seria y todo trabajo continuado; pero por esa misma indiferencia, por esa misma vaguedad de prop?sitos era indispensable empujarle ? cualquiera de los caminos que ? la juventud se ofrecen, si no se quer?a que, andando el tiempo y desperdiciados los a?os oportunos, el ni?o se convirtiera en un vago, no accidental, sino de profesi?n.

Muy encontradas fueron las opiniones de los varios amigos del difunto esposo ? quienes do?a Antonia recurri? en busca de consejos para su dif?cil situaci?n. Uno opin? que en Cuenca pod?a encontrar Ramirito ocupaci?n modesta; otro, que en una capital tan miserable no hallar?a jam?s Ramiro ni porvenir ni presente; el de m?s all?, que dedic?ndose con empe?o ? estudiar el franc?s y la partida doble, ning?n joven se mor?a de hambre; el de m?s ac?, que en Madrid hay campo para todas las ambiciones y para todos los gustos, y que s?lo en Madrid hallar?an madre ? hijo bienestar y quiz? fortuna. Como ?sta era la opini?n m?s desatinada, ?sta prevaleci? en el ?nimo de la viuda, que malvendiendo casi todo su ajuar y gastando casi todos los miserables ahorritos de su larga existencia de servidora del Estado, se traslad? ? la villa y corte, fijando su residencia en un cuartito sotabanco de la calle de Ministriles.

C?mo pudieron comer, vestirse, vivir, en fin, madre ? hijo durante tres a?os, sin m?s recursos que la paga y algunos trabajos de aguja hechos por la pobre Antonia, es inexplicable. Eso pertenece al orden de los milagros modernos, casi tan absurdos como el sustento de los santos antiguos con hierbas silvestres y panes tra?dos por cuervos.

En aquellos tres a?os emprendi? Ramirito m?s de tres carreras, que siempre abandon? antes de acabarse el a?o; pero aprendi? en cambio en aquellas perpetuas vacaciones ? fumarse dos infernales cajetillas diarias, ? pasarse tres horas seguidas todas las noches en una mesita del caf? de Zaragoza con otros j?venes tan aprovechados como ?l, ? gritar y silbar en todos los motines universitarios, ? ejercer la profesi?n de estudiante sin coger un libro en sus manos, y ? gastar en tonto, sin vicios, pero tambi?n sin virtudes, los hermosos a?os de la primera juventud, que ni vuelven nunca, ni jam?s se recobran, cuando se desperdician en la vagancia.

Y as? sucedi? en efecto. Las l?grimas y las s?plicas de Antonia hicieron mella en su hijo, y en pocos meses consigui? poseer una hermosa letra inglesa, no escribir con demasiados errores ortogr?ficos y afirmarse algo en su descuidada aritm?tica. Todo esto era muy poco para un hombre, pero era algo para un chico, y como dec?a muy bien su madre, consol?ndose con aquel algo, <>

La pobre mujer muri? antes de que Ramirito aprovechara aquel algo de educaci?n tard?a, y qued?se en Madrid el hu?rfano sin m?s recursos que la tierra que pisaba como presente y el espl?ndido cielo azul como porvenir. Busc? una casa de comercio donde vender, que no prestar, sus servicios, y s?lo se le ofrecieron alguna que otra trastienda y diversos mostradores para medir telas y llamar madamitas ? las compradoras. ?l aspiraba ? algo m?s dentro de sus modestas aspiraciones; no le parec?a decoroso descender desde el estado civil de estudiante de Derecho ? de Medicina al de hortera, ni cambiar el veladorcito del caf? de Zaragoza por el mostrador del comercio de la calle de Postas.

Urg?a, sin embargo, poner remedio ? su situaci?n apurada: comenzaba ? vivir con el vergonzoso recurso de los pr?stamos amistosos: el tiempo se iba, la ropa se iba m?s aprisa que el tiempo, y de pedir prestado ? pedir limosna no hay m?s que un paso. No quiso con muy buen acuerdo franquearle Ramirito, y acept? la eficaz recomendaci?n que para la casa Bernaregui, de Barcelona, le ofreci? el mismo due?o del caf? de Zaragoza. La casa era segura; el sueldo, aunque m?dico al principio, pod?a ir aumentando conforme aumentaran su asiduidad y sus servicios, y ?qui?n sabe lo que una casa de comercio puede dar de s? en algunos a?os!

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